Denuncian devastación de 900 hectáreas de selva y amenazas a ejidatarios

Denuncian devastación de 900 hectáreas de selva y amenazas a ejidatarios

El material atribuye la destrucción a grupos delictivos y denuncia amenazas de muerte. La gravedad exige respuestas, pero también pruebas: no aporta fecha, ubicación precisa ni documentos que acrediten el episodio.

Una denuncia incluida en el material recibido señala que 900 hectáreas de selva en Campeche fueron destruidas en tan sólo dos días y atribuye el desmonte a grupos delictivos que comercializan madera y carbón antes de convertir los terrenos en pastizales. También acusa amenazas de muerte contra ejidatarios y personas que trabajan en áreas naturales protegidas, pero no identifica al denunciante ni aporta fecha, ubicación precisa o documentos para verificar ese episodio.

La acusación no se limita a la tala: describe una cadena de ocupación territorial, extracción de recursos y aprovechamiento ganadero. Si los hechos ocurrieron en los términos señalados, la pregunta es ineludible: ¿cómo pudo ejecutarse una devastación de esa escala y qué autoridades investigan tanto el desmonte como las amenazas?

Un informe adjunto sitúa el problema en la Selva Maya, particularmente en zonas de influencia de Balam-Kú y Calakmul. El documento describe el presunto uso de maquinaria pesada, extracción de pukté, tzalam y caoba, producción de carbón en hornos clandestinos y presiones contra autoridades ejidales para abandonar tierras o ceder derechos de paso. No identifica a los presuntos responsables ni incorpora expedientes, testimonios identificables o registros de campo que respalden esas imputaciones.

La denuncia sostiene que la impunidad permite estas operaciones y reclama tratar el problema como un asunto de seguridad nacional. Esa exigencia debe distinguirse de una determinación jurídica: el material no acredita una clasificación legal del caso ni incluye una respuesta de las autoridades. Tampoco permite establecer qué actuaciones oficiales existen; su ausencia en el documento no demuestra que no las haya.

El daño señalado también alcanza al hábitat del jaguar y del tapir. Según el material, la fragmentación de la selva interrumpe los desplazamientos del jaguar y dificulta el encuentro entre ejemplares, mientras que la pérdida de cubierta forestal afecta las condiciones de humedad y las aguadas de las que depende el tapir. La denuncia advierte que un terreno devastado puede tardar más de 20 años en recuperarse, si logra hacerlo.

El informe contrasta la conservación y el turismo de naturaleza en Costa Rica con lo que describe como presupuestos limitados, inspección insuficiente y falta de coordinación en el sureste de México. Sin embargo, no presenta fuentes ni cifras presupuestales para sostener esa comparación. El contraste plantea una discusión pertinente, pero no sustituye la evidencia necesaria para evaluar las decisiones públicas.

Entre sus propuestas figuran bases permanentes de la Guardia Nacional y la Secretaría de Marina (SEMAR), vigilancia satelital, drones, protección federal para personas amenazadas y fiscalización de los centros de acopio de madera y carbón. Son recomendaciones del documento, no medidas cuya aplicación esté acreditada en el material. Frente a una denuncia de esta gravedad, las respuestas exigibles son concretas: ¿dónde ocurrió el desmonte, quién verifica las 900 hectáreas y qué protección reciben quienes aseguran estar amenazados?