130 MIL: EN MÉXICO CRESE LAS CIFRAS DE DESAPARECIDOS MIENTRAS EL GOBIERNO QUIERE OCULTARLAS

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– Hornos y restos calcinados, muestran que el horror mexicano no es memoria histórica es el presente cotidiano.

MÉXICO. – El sábado pasado, miles de familias mexicanas salieron a las calles con las fotografías de sus hijas, hijos, madres, padres, amigos y hermanos desaparecidos. Fue en el marco del Día Internacional de los Desaparecidos, pero también un grito de hartazgo, un recordatorio vivo de que la tragedia mexicana no cesa y, por el contrario, se profundiza. México carga con una cifra insoportable: alrededor de 130 mil personas desaparecidas. No son estadísticas: son vidas arrancadas y familias condenadas a una búsqueda interminable.

Desde la mal llamada “guerra contra el narcotráfico” de Felipe Calderón en 2007, el país se convirtió en un campo de batalla. No se erradicó al crimen, se multiplicó. Hoy los resultados son devastadores: cárteles más violentos, fosas clandestinas por todo el territorio y una sociedad que casi se ha acostumbrado al hallazgo de restos humanos. El caso de los 43 normalistas de Ayotzinapa, desaparecidos en 2014 con la complicidad de policías corruptos, sigue siendo un símbolo de impunidad: once años después, apenas se han identificado tres cuerpos.

La presidenta Claudia Sheinbaum prometió que la crisis de desaparecidos sería un eje central de su gobierno. Rompió con el lema de López Obrador, “abrazos, no balazos”, para apostar por un discurso de mano dura y coordinación policial. Su administración presume una baja del 25 % en homicidios, pero esa cifra no puede verificarse públicamente. En cambio, las desapariciones se disparan, exhibiendo la fragilidad de su narrativa.

En redes sociales, las madres buscadoras cuestionan la indiferencia del poder. Una de ellas escribió en X: “Nosotras no queremos estadísticas, queremos a nuestros hijos de vuelta. La presidenta no puede tapar la realidad con cifras inventadas”. Mientras tanto, escenas como el hallazgo en marzo de un “campo de exterminio” en Guadalajara, con hornos crematorios y restos calcinados, muestran que el horror mexicano no es memoria histórica como en Argentina o Guatemala: es el presente cotidiano.

Sheinbaum enfrenta un dilema: hizo de las desapariciones una vara para medir su liderazgo, pero hoy esa vara se convierte en un búmeran. Cada nueva fosa, cada marcha, cada madre gritando en la Plaza de la Constitución es un recordatorio de su fracaso. No basta culpar a Calderón o a AMLO; la responsabilidad está ahora en su escritorio.

México no necesita discursos triunfalistas ni cifras maquilladas. Necesita una estrategia integral que ponga la vida y la verdad en el centro, que escuche a las familias, que reconozca la complicidad de fuerzas armadas y policías, y que rompa con la impunidad. Porque mientras las madres sigan excavando con sus propias manos y los rostros de los desaparecidos se multipliquen en las pancartas, México seguirá siendo un país condenado a buscar en el polvo a los que el Estado dejó desaparecer.

Froylán Méndez Ferrer / froylanmf@gmail.com

Afiliado al Sindicato Nacional de Medios de Comunicación (SINMCO)

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